Después de tantos años viviendo en sociedad, he llegado a la conclusión que de las cosas más importantes y básicas en esta vida… y en todas las que ustedes quieran vivir… dependen únicamente de la educación (¡Oh, gracias bendita Calíope por tu inspiración). Por ello, he creado este blog.

Pero si de aportar soluciones se trata, no esperen milagros, que todo en esta vida requiere esfuerzo. Este blog me servirá de agenda, recordatorio y reflejo de lo que puede valer la pena trasmitir y comunicar. También, no nos engañemos, poder desparramar a mi aire, que para eso soy el autor.

Quizá se hayan fijado en el título: Piratas y corsarios en la educación. Si les gusta un poquito la historia o son un mínimo de curiosos, ya sabrán la diferencia entre unos y otros. ¿Quiénes son aquellos que, a costa de la educación, se lucran y roban pensando en sus intereses? ¿Quiénes son aquellos que lo hacen incluso dentro del mismo sistema educativo? ¿Quiénes son aquellos que manipulan el sistema en contra de todo sentido común? Algunos se hacen llamar profesores, otros directores, otros políticos y los peores, la misma sociedad (nosotros)... por permitirles todo esto.






martes, 16 de julio de 2019

Los estudiantes de música sacan mejores en matemáticas, ciencias e inglés

 
Los estudiantes de secundaria que acuden a cursos de música obtienen una puntuación significativamente mejor en los exámenes matemáticas y ciencias e inglés que sus compañeros no musicales, según un estudio publicado por la Asociación Americana de Psicología.

El estudio, publicado en el Journal of Educational Psychology, se ha llevado a cabo analizando las notas de 100 000 estudiantes canadienses. 

Música y estudios

Los investigadores examinaron los registros escolares de todos los estudiantes en la Columbia Británica que comenzaron el primer grado entre 2000 y 2003, y de quienes tenían información demográfica adecuada (por ejemplo, género, etnia, estatus socioeconómico del vecindario).
Según Peter Gouzouasis, de la Universidad de British Columbia, y autor del estudio:
Se cree que los estudiantes que pasan el tiempo en la escuela en clases de música, en lugar de seguir desarrollando sus habilidades en las clases de matemáticas, ciencias e inglés, tendrán un desempeño inferior en esas disciplinas. Nuestra investigación sugiere que, de hecho, cuanto más estudien música, más mejorarán en esas materias.
De los más de 112 000 registros estudiantiles estudiados, aproximadamente el 13% de los estudiantes participaron en al menos un curso de música en los grados 10, 11 o 12. Los cursos de música incluyeron banda de concierto, piano de conservatorio, orquesta, banda de jazz y coro de conciertos. Los cursos de música general o guitarra no calificaron, ya que no requerían experiencia musical previa.
En promedio, los niños que aprendieron a tocar un instrumento musical durante muchos años, y ahora estaban tocando en la banda de la escuela secundaria y en la orquesta, tenían el equivalente de aproximadamente un año académico por delante de sus compañeros con respecto a sus habilidades de inglés, matemáticas y ciencias.
 
Estas asociaciones siguieron siendo significativas incluso cuando los investigadores controlaron factores demográficos como el género, el origen étnico, los antecedentes socioeconómicos y los logros previos en exámenes similares en séptimo grado.
Aprender a tocar un instrumento musical y tocar en un conjunto es muy exigente. Un estudiante debe aprender a leer la notación musical, desarrollar la coordinación ojo-mano-mente, desarrollar habilidades de escucha aguda, desarrollar habilidades de equipo para tocar en un conjunto y desarrollar disciplina. 

Es normal que los niños odien las verduras

Los mecanismos evolutivos tras la aversión a las plantas y los que nos hacen superarla
 
"No quiero", "no me gusta", "no pienso comérmelo". Parece una broma pesada, las verduras son, con diferencia, uno de los alimentos más saludables y versátiles que tenemos, pero la aversión que los niños sienten por ellas es un clásico de todas las cocinas, restaurantes y comedores escolares. Y aunque podríamos pensar que es producto de un puro y sencillo condicionamiento social, las últimas investigaciones apuntan a justo lo contrario. Los niños vienen así de fábrica.
 

La explicación es que aunque ahora, en el mundo moderno, parece que solo existen dos tipos de plantas: las decorativas y las que vienen cortadas, lavadas y listas para comer; durante el 99% de nuestra vida en la Tierra los vegetales fueron una parte fundamental del día a día de la humanidad. Por eso, si queremos encontrar respuestas a nuestra complicada relación con lo verde, puede ser buena idea mirar un poco más atrás.
 
 
Peligros difíciles de detectar, pero fáciles de evitar
 
Las plantas siempre han sido un problema evolutivo. Durante millones de años han sido la base de nuestra alimentación, pero ¿cómo determinar qué plantas se pueden consumir y qué plantas son peligrosas? ¿Cómo podemos saber si una planta no será útil o no? A simple vista, como explica Annie E Wertz, es una tarea entre muy complicada y directamente imposible. Incluso a escala comarcal, no existen características morfológicas comunes a todas las plantas comestibles ni tampoco hay pistas claras que nos digan cuáles son tóxicas o peligrosas.
 
Esta dificultad para detectar la presencia de toxinas, hace que el método de prueba error sea especialmente peligroso. Tampoco sirve el uso de reglas generales como "evitar flores blancas" o "las frutas rojas son comestibles". Comer, nos dice Wertz, es mucho más complicado de lo que parece.

Por eso, en este tipo de circunstancias parece razonable pensar haya fuertes presiones evolutivas para favorecer la emergencia de mecanismos y estrategias que nos ayuden a resolver el problema. Está muy documentado el hecho de que las plantas han "estructurado la fisiología y el comportamiento de muchas especies animales". No sería nada raro que nos pasara algo similar.
Wertz teorizó que podría existir una colección de sistemas cognitivos que maximizaran la eficacia de los niños y los bebés en el "aprendizaje de plantas y la evitación de toxinas naturales". La idea de Wertz es que, como las toxinas de las plantas son difíciles de detectar, pero fáciles de evitar, la mejor estrategia evolutiva sería minimizar el contacto físico (de cualquier tipo) con ellas. La evolución habría hecho que las plantas nos aburrieran sobremanera.
En un trabajo recién publicado, el equipo de Wertz descubrió que, efectivamente, los bebes son reacios a tocar plantas en comparación con otros tipos de objetos. Además, tienden a evitar por igual las plantas de aspecto benigno y las plantas de aspecto amenazador lo que sugiere que, como señalaba su teoría, no discriminan entre distintos tipos. Al fin y al cabo, de poco iba a servir.
 
La ceguera a las plantas
 
Pero la cosa va más allá. Como dice el biólogo Antonio J. Osuna, esto podría estar detrás de lo que se conoce como "ceguera a las plantas". Aunque puede sonar un término un poco fuerte, la idea de la "ceguera a las plantas" fue introducido en 1998 por James Wandersee y Elizabeth Schussler para responder a una pregunta tan sencilla como poco evidente: si las plantas tienen un papel fundamental en la vida de la Tierra y son los "principales mediadores entre el mundo físico y el biológico", ¿por qué la mayoría de las personas tienden a apreciar a los animales mucho más que a ellas? ¿por qué tanta gente tiene problemas para recordarlas, apreciarlas o incluso para apreciar sus propiedades estéticas?
 

Soy consciente de que puede resultar una idea extraña, pero existen numerosos ejemplos en los que se puede entrever que el valor social que atribuimos a los animales es muy superior al de las plantas. Y esa diferencia lleva más de dos décadas intrigando a los especialistas.
Además de posibles sesgos educativos y sociales, Wandersee y Schussler sostenían que esta "ceguera" está motivada principalmente por la naturaleza del sistema de procesamiento de información visual de los seres humanos. Según estos autores, ante la imposibilidad de procesar toda la información que entran por los ojos nuestros sistemas perceptivos se concentran en buscar movimientos, colores y patrones visibles que puedan ser amenazas potenciales. En la misma lógica que el trabajo de Wertz, las plantas (por estáticas) recibirían un menor interés evolutivo que los animales.


 
¿Nace de estos mecanismos la aversión de los niños a las plantas?
 
Sea como sea, esta animadversión hacia las plantas no siempre tiene por qué ser buena. Wertz se dio cuenta rápidamente de que es un fenómeno interesante, pero que debía haber alguna forma por la que los niños establecían relaciones con las plantas que pueden ser evitadas. Es innegable que, más tarde o más temprano, todos terminamos comiendo verduras de una forma u otra.
 
Y es que tanto los alimentos como los materiales vegetales de uso cotidiano son elementos que entran en contacto con los bebes de forma habitual. Por ello, debía de haber mecanismos para regular el aprendizaje sobre ellos. Investigando esto, Wertz se dio cuenta de que los niños pequeños (6-18 meses) prestan especial atención cuando ven a un adulto comiendo vegetales o interactuando con ellos. Su sorpresa es mucho mayor que cuando interactúan con otros animales u objetos.
Según sus datos, a partir de los 18 meses, los niños usarían la información sobre la seguridad de las frutas, verduras y plantas para generalizar poco a poco esas actitudes positivas hacia plantas similares. Esta combinación de aprendizaje social y reglas de generalización muy restrictivas evitarían, según Wertz, que los bebés ingirieran plantas tóxicas.
¿Están estos mecanismos detrás de la aversión de los niños a las verduras? Pudiera ser. Como hemos señalado en otras ocasiones, hasta los dos o tres años, la incorporación de todos los alimentos en la dieta es fundamental. Sobre todo, porque cuando acaba esta fase, los niños desarrollan lo que llamamos "neofobia alimentaria". Generan rechazo natural a todos los alimentos a los que no han sido expuestos.
Como si nuestros procesos de aprendizaje considerasen que a partir de los tres años ya sabemos, culinariamente, todo lo que debemos saber. Es algo normal y también tiene razones evolutivas. No obstante, si esa neofobia se extiende más allá de los ocho años, reduce seriamente la calidad de la dieta y puede producir problemas de ansiedad y autoestima.
 
 

martes, 4 de junio de 2019

Algunas ventajas de que los niños duerman siesta, mejores notas y menos problemas de comportamiento

Los niños que duermen la siesta son más felices, sobresalen más académicamente y tienen menos problemas de comportamiento, según refleja un reciente estudio llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Pennsylvania y la Universidad de California, Irvine, publicada en la revista Sleep.
 
Efecto siesta

El estudio, en el que participaron casi 3 000 estudiantes de cuarto, quinto y sexto grado de 10 a 12 años, reveló una conexión entre la siesta del mediodía y una mayor felicidad, autocontrol y agallas; menos problemas de comportamiento; y un coeficiente intelectual más alto, este último particularmente para los estudiantes de sexto grado.
Los hallazgos más sólidos se asociaron con el logro académico, según Adrian Raine, coautor del estudio:
 
Los niños que toman una siesta tres o más veces por semana se benefician de un aumento del 7.6% en el rendimiento académico en el Grado 6.
Sin embargo, la deficiencia de sueño y la somnolencia diurna son sorprendentemente generalizadas, ya que la somnolencia afecta hasta al 20% de todos los niños. Además, los efectos negativos cognitivos, emocionales y físicos de los malos hábitos de sueño están bien establecidos.
Si bien los hallazgos son correlacionales, los investigadores dicen que pueden ofrecer una alternativa con la siesta a la protesta de los pediatras y los funcionarios de salud pública para los horarios de inicio de clases.
 

miércoles, 2 de enero de 2019

Convivir con mascotas durante la infancia reduce la probabilidad de desarrollar alergias

 
Un equipo de investigadores de la Universidad de Gotemburgo ha descubierto que los bebés viven con mascotas tienen menos alergias y otras enfermedades cuando llegan a adultos.
 
Se cree comúnmente que permitir que los bebés y los niños entren en contacto con los gérmenes ayuda a que su sistema inmunológico se fortalezca, ofreciéndoles más protección en el futuro. Este nuevo estudio trató de obtener más información sobre los posibles beneficios de la exposición a gérmenes para los bebés que viven con mascotas.

Gérmenes en la infancia

Uno de los conjuntos de datos del estudio incluyó información de 1 029 niños que tenían siete u ocho años de edad. En ese conjunto de datos, los investigadores encontraron que la incidencia de alergias (que en este estudio incluía asma, eccema, fiebre del heno y rinoconjuntivitis alérgica) fue del 49 por ciento en niños que no habían estado expuestos a mascotas cuando eran bebés. Ese número se redujo al 43 por ciento para los niños que habían vivido con una sola mascota cuando era un bebé y al 24 por ciento para los niños que habían vivido con tres mascotas.
 
El segundo conjunto de datos contenía información sobre 249 niños: mostró que la tasa de alergia entre los niños que crecían sin una mascota era del 48 por ciento, 35 por ciento para los niños con una mascota y solo el 21 por ciento para los niños que habían crecido con varias mascotas.
 
Los investigadores sugieren que, en conjunto, los dos conjuntos de datos muestran que cuanto más exposición tienen los bebés a las mascotas, es menos probable que desarrollen alergias en el futuro. También señalan que tener mascotas es solo una forma de reducir el riesgo de alergia: hay otros factores, como nacer por vía vaginal, vivir en una granja y tener hermanos.

Poner bebés boca arriba a ponerlos boca abajo

 
En la década de los 60 era normal hablar de la muerte súbita infantil y de que la recomendación de las autoridades sanitarias para evitarla era no acostar a los niños boca arriba debido al reisgo de asfixia provocada por el vómito.
 
Esta idea errónea que aumentó el número de bebés muertos fue promovida por una idea propagada durante la Segunda Guerra Mundial.

Segunda Guerra Mundial

Durante la Segunda Guerra Mundial, médicos y enfermeras descubrieron que los soldados inconscientes evacuados en camilla del campo de batalla sobrevivían más si estaban recostados boca abajo en lugar de boca arriba. Porque así no se ahogaban con su propio vómito. Así surgio la llamada "posición lateral de seguridad".
 
Esta idea se generalizó y empezó a aplicarse también a los bebés, que empezaron a acostarse boca abajo para evitar un posible ahogamiento por vómito. Durante años, se aceptó como una verdad incontrovertible a pesar de las estadísticas, como refiere Hans Rosling en su libro Factfulness:
"A pesar de que los datos indicaban que las muertes súbitas de bebés aumentaban, en lugar de disminuir, no fue hasta 1985 que un grupo de pediatras de Hong Kong sugirió que la posición podía ser la causa. Incluso entonces, los médicos de Europa no prestaron demasiada atención."
Pero ¿cómo es posible que lo que funciobaba con los soldados no lo hiciera con los bebés? Porque los niños dormidos tienen reflejos que funcionan perfectamente: si giran y se ponen de lado si vomitan estando boca arriba. Sin embargo, boca abajo, puede que algunos bebés todavía no tengan suficiente fuerza como para inclinar sus cabezas y mantener despejadas sus vías respiratorias.
 
Con todo, el Síndrome de la Muerte Súbita del Lactante (SMSL), también conocido como Muerte en la Cuna, todavía no se entiende del todo. En la actualidad se calcula que el SMSL afecta a 1 de cada 2.000 bebés, y sucede sobre todo entre la cuarta y la decimosexta semana (entre que el bebé cumple 1 mes y cumple los 4 meses). Naturalmente, tiene muchas causas potenciales, no solo la asfixia por vómito.
 
Sea como fuere, la recomendación es clara: poner al bebé a dormir de lado es cinco o más veces más seguro que ponerlo a dormir boca abajo, y por eso en muchos hospitales lo recomiendan así. Sin embargo, dormir boca arriba es el doble de seguro que dormir de lado (y en consecuencia, diez veces más seguro que dormir boca abajo). 

viernes, 17 de agosto de 2018

El amor incondicional y el control respetuoso

Para Antonio Ortuño, psicólogo infanto-juvenil el resumen de los dos pilares básicos de una parentalidad positiva son: el amor incondicional y el control respetuoso.  Dice que “besos sin límites" correspondería a una aceptación incondicional de nuestros hijos e hijas, hagan lo que hagan, se les quiere, mejor dicho, se sientes queridos. Un buen clima familiar, con risas, muestras de afecto y cariño son vitales para un crecimiento sano. Y con "límites con besos" se refiere al establecimiento de límites equilibrando amor con firmeza, cariño con coherencia. En general, "pretendo que los padres y madres aprendan a ser muy amables con las emociones de sus hijos e hijas, pero coherentes y estables con lo que dicen que van a hacer”.
 
Equilibrar amabilidad y límites claros puede parecer una utopía. O al menos eso le parecía a Julia y José, padres de una niña de cinco años, Iria, con una capacidad de persistir para conseguir lo que quería, que lograba cambiar la opinión de sus padres solo por su insistencia. Así, había algunos días que sus padres le dejaban ver la televisión más tiempo del inicialmente convenido, porque estaban cansados, porque no querían pelea o porque tenían cosas que hacer. Otros, sin embargo, estaban con menos paciencia o más prisa y enseguida se enfadaban y olvidaban toda su amabilidad si Iria insistía con ver un ratito más la televisión. Un día, Iria les llegó a decir: -¿Y por qué el otro día sí me dejasteis más rato y hoy me decís que no? ¡No es justo!
 
Y después de pensar que la niña era una descarada, que menuda forma de contestar, que cómo se le ocurría decir eso a una mico tan pequeña, se dieron cuenta de que el problema era que no estaban siendo coherentes. Tenían un problema y había que solucionarlo. Julia y José acordaron ofrecer a Iria opciones: podía ayudarles a preparar la cena o ver, en ese tiempo de veinte minutos máximo, la tele mientras sus padres elaboraban la cena. Pasado ese tiempo, se apagaría la televisión sin apagar la amabilidad, entendiendo las emociones de Iria y su enfado porque le gustaría seguir viendo sus dibujos favoritos. Le explicaron esta nueva norma, firme y amable, a su hija, que entendió muy bien la idea. Hubo días en los que Iria estalló en cólera al apagar la televisión y sus padres propusieron sustituir ese rato de televisión por tiempo de juegos, ya que tan difícil le resultaba despedirse de sus dibujos favoritos. Hubo días en los que Iria decidió ayudar a sus padres a preparar la cena y se lo pasó de lo lindo. Y hubo días especiales en los que, después de hablarlo los tres, pasaron un poco de la norma dejando bien claro que se trataba de una excepción. E Iria se sintió querida, comprendida, escuchada y segura con unas normas claras y coherentes.
 

¿Cómo poner límites con besos?

He aquí algunas claves para tener en cuenta:
  1. Los límites y las normas aportan seguridad a nuestros hijos. Por lo mismo, la permisividad les genera inseguridad y descontrol. En su ponencia viral sobre el cuidado del cerebro de nuestros hijos, Álvaro Bilbao  nos confesó que “me gusta mi labor de mal padre, en esos momentos en que les digo a mis hijos que eso no lo puede hacer, que tienen que esperar un poco, porque aunque sé que muchas veces mis hijos se enfadan, sé que es una labor tan amorosa como darles un beso de buenas noches. Cuando les digo que no o que tienen que esperar, estoy dándoles un regalo importantísimo para su cerebro”.
  2. La empatía es fundamental. “No hay nada más importante que la conexión que establezcas con tus hijos. NADA. Si quieres sembrar la confianza y el respeto mutuos lo primero que has de perseguir es que nada ni nadie os aleje”, nos dice María Soto (que estará el 24 de noviembre en Madrid) en un artículo. Y la mejor herramienta para acercarnos a nuestros hijos es ponernos en su piel, entender, legitimar y poner palabras a sus emociones.
  3. Es importante tener en cuenta el objetivo a largo plazo para priorizar normas y límites. Nos decía Alberto Soler en una charla que en el establecimiento de normas y límites seamos “selectivos, si inundamos de normas el ambiente en casa va a ser irrespirable”. Por eso nos propone primar la salud, la seguridad y el respeto.
  4. Nuestros hijos deben conocer claramente las normas, su importancia y las consecuencias de no cumplirlas. Por eso, debemos explicarle el motivo de la norma (no puedes ver más de 20 minutos de televisión porque luego no da tiempo a cenar y contar el cuento, no puedes hablar así a la abuela porque a ti no te gustaría que te hablaran así…).
  5. Nuestro objetivo no debe ser que obedezcan las normas, sino que sean responsables y sepan elegir. Por eso, como nos decía Antonio Ortuño,”cuando se establece una norma, por ejemplo, puedes ver la TV cuando te pongas el pijama, el objetivo no es que se ponga el pijama, sino que decida.  Por eso a mí no me gusta hablar de normas, exclusivamente, sino de decisiones. Para responsabilizar a nuestros hijos e hijas, es necesario que tomen decisiones, y para que tomen decisiones, debemos aprovechar las innumerables situaciones cotidianas que tenemos para estructurar la realidad, es decir, concretar alternativas y consecuencias, teniendo en cuenta que el control de las alternativas es de nuestros hijos e hijas (tienen derecho a ponerse el pijama o no), pero el control de las consecuencias es del mundo adulto (la única manera de ver la TV es con el pijama puesto). Y las emociones deben ser las mismas, decida una cosa o la otra”.

viernes, 3 de agosto de 2018

Experimentos educativos: Pigmalión en las aulas




Conocimos este importante estudio científico en una charla de Alberto Soler en la que entendimos la importancia de desterrar las etiquetas en la educación de los hijos. ¿Qué pasaría si a un profesor le dicen que algunos de sus alumnos son tremendamente brillantes, aunque no sea verdad?

El mito de Pigmalión

El mito de Pigmalión cuenta que un rey, buscando la mujer perfecta, la esculpió en piedra y se enamoró de ella. La diosa Afrodita, emocionada por el deseo del rey, convirtió la estatua en una mujer de carne y hueso. Nos recuerda Aberto que este mito “se usa para ejemplificar cómo las expectativas que nosotros tenemos acerca de algo pueden hacer que ese algo se convierta en realidad”.

El estudio Rosenthal-Jacobson: Pigmalión en las aulas

En los años 60, Lenore Jacobson, directora de una escuela primaria en San Francisco, y Robert Rosenthal, psicólogo, realizaron un estudio: pasaron a 320 estudiantes un test de inteligencia. Eligieron al azar a un grupo de 65 estudiantes y crearon informes falsos sobre ellos para los profesores, en los que señalaban que estos alumnos eran tremendamente brillantes, con una inteligencia por encima de la media.  Al finalizar el curso, los 320 estudiantes realizaron de nuevo el test de inteligencia. Y, en contra de lo que pudiera suponerse, los resultados de los 65 alumnos etiquetados como especialmente brillantes cambiaron notablemente, todos ellos presentaban un cociente intelectual mucho mayor. Alberto Soler nos recordaba que este dato del cociente intelectual no suele cambiar demasiado con el tiempo y se explica este asombroso resultado de esta manera: “Habían manipulado las expectativas de los profesores”, de tal modo que si un alumno de los 65 considerados excelentes interrumpía en clase “se interpretaba como signo de interés e inquietud intelectual”. Sin embargo, si un alumno no considerado excelente interrumpía, “se entendía que molestaba”. Por eso,concluye Alberto que “las etiquetas condicionan un trato diferencial” y  además, tienen la capacidad de hacer que tratemos de “encajar mejor en lo que se espera de nosotros”.

Sé el Pigmalión positivo de tus hijos

Patricia Ramírez, experta en psicología deportiva, nos cuenta que “somos lo que creemos que somos”, si bien los niños creen que son lo que sus padres, madres, amigos, profesores, etc. dicen que son. De ahí que sea importante transmitirles confianza, aceptación y seguridad, para que ellos quieran ser su mejor versión.
Algunas claves para lograrlo:
1.     Transmitir amor y aceptación incondicional
2.     Elogiar el esfuerzo, la actitud y el proceso, no el logro: por ejemplo, hacerle reflexionar sobre qué hizo para sacar un nueve en lugar de solo felicitarle por el nueve.
3.     Poner el foco en los aspectos positivos más que en los negativos y entender el error como parte del aprendizaje.
4.     Transmitir que confiamos en nuestros hijos y los vemos capaces
5.     No resolverles los problemas.
 
Tal como decía la maestra Rita Pierson en una charla emocionante,  “¡qué poderoso sería nuestro mundo si hubiera niños que no tuvieran miedo a correr riesgos, que no tuvieran miedo a pensar y que tuvieran un campeón a su lado! Todos los niños merecen un campeón, un adulto que nunca deje de creer en ellos, que insista en que se conviertan en lo mejor que puedan llegar a ser”.

Anuncios que inspiran: Efecto Pigmalión, de Divina Pastora

Este anuncio resume como pocos la enorme responsabilidad que tenemos para educar a personas que confíen en sí mismas, que tengan una sana autoestima y que sepan crecer y superarse. Se trata del anuncio sobre el efecto Pigmalión de Divina Pastora Seguros.




 
 
La expresión “efecto Pigmalión” tiene su origen en la rica mitología griega. Pigmalión era un escultor que se enamoró de Galatea, una de sus obras. Actuó como si se tratara de una mujer real hasta que Afrodita, la diosa del amor, le dio vida.
El efecto Pigmalión es una expresión que se usa en psicología y pedagogía para explicar el impacto que las previsiones o profecías positivas o negativas tiene sobre la persona que las recibe. “Te vas a caer” o “Seguro que lo haces muy bien” son dos expresiones que tienen un gran efecto en nuestra propia confianza de lograr un objetivo (la primera expresión mina nuestra seguridad, la segunda la impulsa) y nos predispone a fracasar en el intento (la primera de las expresiones) o a alcanzar el objetivo (la segunda de las expresiones). También podemos hablar de “profecías autocumplidas”, que son expresiones que incitan a las personas a actuar de manera que lo que anuncia la profecía se cumpla. Por ejemplo, si decimos a nuestro hijo: “Nunca te esfuerzas por nada”, conseguiremos minar su autoestima y hacer que, efectivamente, solo se esfuerce para ajustarse a la etiqueta que le hemos asignado.
“Hay una responsabilidad ineludible en cómo hablamos, en cómo tratamos a los demás, porque nuestras palabras tienen más poder de lo que nunca habíamos imaginado. Cada día tienes la opción de cortar las alas a los demás hablando de miedo e incertidumbre. O puedes dejar que tus palabras les impulsen a sus metas confiando en la capacidad infinita que hay dentro de todo ser humano”, nos dicen en este anuncio. Pues bien, ¿qué efecto queremos que nuestras palabras y nuestros actos tengan en nuestros hijos? Tengámoslo siempre en cuenta.

Niños buenos y niños malos

“¡Es que mira que eres mala!”. Esta mañana ha sido la última vez que lo he oído mientras salía del parque con mis hijos. Una madre se dirigía con estas palabras y un tono muy grave a su hija de unos tres años. Creo que era porque la niña no quería volver a casa y prefería seguir jugando en el parque.
 
 
Niños buenos y niños malos. Lo escuchamos por todos lados. En el cole, en la guarde, en el supermercado, en el parque. Y lo que es peor, en boca de padres, abuelos, tíos, amigos, etc. Mira qué bueno que es este niño, si es que no dice ni mú”. “Qué malo que es, si es que no para quieto”. “Le han pegado y ni se ha quejado, es que es más bueno que el pan”. “No le gusta nada compartir sus juguetes, ¡qué malo!”. Es algo que nos resulta muy familiar, tanto que todos nos hemos expresado en algún momento en esos términos.
Acostumbramos a etiquetar y clasificar a los niños ya casi desde el momento en el que nacen, dividiéndolos en buenos y malos. “Qué bueno que te ha salido, no llora nada” o, por el contrario, “Uuuuuy, qué malo… ¡éste te va a dar guerra, eh!” Sí, apenas lleva unas horas en este mundo y ya le han colgado una etiqueta al pobre. ¿Por qué hacemos esto?, ¿por qué etiquetamos de este modo a los niños? Una explicación es que el mundo es muy complejo, y resulta de mucha utilidad simplificar la realidad.
Es muy costoso desde un punto de vista cognitivo pensar que “es un niño muy cariñoso, aunque en ocasiones no sabe gestionar sus emociones y cuando se encuentra sobrepasado empuja o pega”, así que lo resumimos en “qué malo es”.
Hay una diferencia muy importante entre ser malo, y actuar de un modo inadecuado. Adolf Hitler, por poner un ejemplo, era malo; un niño que pega a otro en la guardería está actuando de un modo inadecuado, y esa conducta aunque se repita, no le convierte en malo. Cuando hablamos de que alguien es algo estamos haciendo referencia a ciertos atributos de su persona que son estables e inmutables (una persona es blanca o negra, es hombre o mujer). Si tenemos en cuenta que un niño ni siquiera tiene formada aún su personalidad al menos hasta los 18 años de edad, sería más indicado hablar de formas de actuar más que de formas de ser.
Lo que sí le puede convertir en malo es la etiqueta que nosotros le ponemos, es lo que se conoce como el efecto Pigmalión. El efecto Pigmalión es un fenómeno que describe cómo la creencia que una persona tiene sobre otra puede influir en la conducta de esta otra persona, y es un concepto de gran relevancia para padres y profesionales del ámbito educativo, laboral, social y familiar.
 A veces parece que un niño malo es el que desobedece, el que protesta, el que es difícil de manejar. Un niño bueno es más maleable, es obediente y nunca nos va a dejar en evidencia delante de nuestros conocidos. Aunque debemos reconocer que los adultos somos un tanto complicados, y a veces no llegamos a aclararnos muy bien con qué es lo que realmente queremos. Mientras que, por un lado, queremos niños pequeños que sean dóciles y obedientes, de repente pretendemos que se conviertan en adultos independientes y críticos de los que nadie pueda abusar. De algún modo creemos que ese niño del que esperamos obediencia ciega y acrítica, que no cuestione lo que le decimos (porque para eso somos sus padres), un día se levantará habiendo desarrollado de la noche a la mañana una fuerte autoestima, un gran espíritu crítico y una independencia que le posibiliten desarrollarse en el mundo adulto.
Cuántas veces los padres nos quejamos de que nuestros hijos “no aceptan un no por respuesta”, pero luego nosotros actuamos del mismo modo ante una negativa de ellos. ¿Por qué ellos deberían entender que no les vamos a comprar ese juguete que han visto en el escaparate, pero es intolerable que nos digan que no quieren más comida? Aceptando sus negativas les estamos modelando la capacidad de gestionar la frustración, porque no sólo los pequeños a veces se vuelven poco tolerantes a ella. Son muchas las veces que los mayores no aceptamos de su parte un no por respuesta, ¡y ello no nos convierte en malos!
 
Quizá deberíamos esforzarnos en criar niños más molestos, niños que tengan la capacidad de expresar sus necesidades porque saben que van a ser tenidas en cuenta (que no necesariamente satisfechas). Niños que sepan decir que no, por mucho que nos irrite como padres. Niños que sepan defenderse y poner límites ante situaciones que consideren injustas. Esto va a requerir mucho de nosotros como padres, y probablemente genere situaciones de conflicto que deberemos gestionar y a las que, actuando de otro modo, criando niños obedientes y sumisos, no deberíamos tener que hacer frente. O al menos no en el corto plazo.
 
Cuando llega la adolescencia los padres dejamos de ser el modelo ante el que se comparan nuestros hijos, y ese papel pasa a ser ocupado por los iguales, que adquieren cierto grado de autoridad unos sobre otros (y por encima de todos ellos “el grupo). Llegará un día que a nuestro hijo con 12 años le pasarán un cubata (sí, a esa edad e incluso antes ya beben) y queremos que sepa decir que no, al igual que cuando con 15 años le pasen un porro o con 16 le inviten a un tirito. ¿Queremos un niño obediente a esa autoridad grupal? Llegará un día en el que a nuestra hija de 14 años la invitará a su casa su amigo de 18 cuando sus padres estén de viaje. ¿Queremos ahí también una niña obediente, o que sepa decir no en el momento adecuado?
 
No podremos llegar a comprender totalmente este problema si no es enmarcándolo en una sociedad que se mueve muy deprisa, y en la que no hay margen para el error. Lo que hoy llamamos conciliación no es más que una especie de gincana en la que no hay lugar a error, en el momento en el que alguien se sale de su papel, toda la organización diaria peligra. Empezamos el día corriendo para poder llegar a guardes, coles, trabajos y montar ese horario familiar parece una partida al tetris en la que necesitamos a cuidadores, abuelos y amigos para poder llegar al final del día.Cualquier conducta o actitud por parte del niño que nos haga perder un segundo de nuestro tiempo es una amenaza a ese débil castillo de naipes. Es fácil comprender cómo en este contexto el niño dócil se acaba convirtiendo en el niño bueno, porque es el niño fácil, y el niño activo, el que protesta, en el niño malo.
 
Yo no quiero hijos buenos, de esos que agachan la cabeza ante la autoridad, de esos que no saben decir que no ni parar los pies ante un abuso. Más de una vez me tragaré mis propias palabras, pero es el precio que debo pagar si quiero que el día de mañana se conviertan en las personas que merecen ser.

lunes, 26 de marzo de 2018

Leer ficción puede hacerte más creativo y abierto de mente de lo que eres

Ya se había planteado que las personas que suelen leer, pueden vivir más tiempo. La lectura de obras de ficción, además, podría mejorar nuestro pensamiento, haciéndolo más abierto y creativo. Es lo que sugiere al menos un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Toronto.

Apertura cognitiva
 
De acuerdo con la investigación realizada en la Universidad de Toronto, los participantes del estudio que leyeron narraciones breves experimentaron una necesidad mucho menor de "cierre cognitivo" en comparación con sus contrapartes que leeron ensayos de no ficción.
 


"Aunque la lectura de no ficción les permite a los estudiantes aprender el tema, puede que no siempre les ayude a pensar en ello", escriben los autores. "Un médico puede tener un conocimiento enciclopédico de su sujeto, pero esto puede no evitar que el médico inmovilice un diagnóstico cuando los síntomas adicionales indiquen una enfermedad diferente".
 
También parece que leer ficción amplifica nuestra empatía, facilitando que nos pongamos en la piel de los demás (sobre todo si la obra está narrada en primera persona). Específicamente, leer “La dama del perrito”, de Antón Chéjov, induce cambios en los resultados del test de sociabilidad.
 
 
 
 
 
Algo preocupante si tenemos en cuenta que, según una encuesta de Pew Research, más de un cuarto (el 26 por ciento) de los adultos estadounidenses admite que no han leído ni siquiera una parte de un libro durante el año pasado.
 
Barómetro de la lectura 2017: se lee más pero peor
 

"La lectura es uno de los ejes fundamentales que denotan el progreso no sólo económico, sino también crítico y moral, de una sociedad. Este informe sobre los índices de lectura en España me deja un sabor agridulce. Es cierto que ha crecido el número de lectores, pero ha sido un aumento poco significativo y el tipo de lectura tranquila, atenta, reflexiva que necesita un libro no ha mejorado. Leemos más, un poco más, pero peor. Además, sigue existiendo un 40 por ciento de españoles inmunes a los encanto del libro". Con estas palabras Javier Fernández, presidente de la Federación del Gremio de Editores de España (FGEE), daba su interpretación de las conclusiones del Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros 2017, un informe que fue presentado en la Biblioteca Nacional, y en el que se aprecia que los jóvenes (hasta 25 años) son más lectores que los adultos.

 
En el año 2000 empezaron a elaborarse anualmente estos informes que, según Ana Santos, directora de la Biblioteca Nacional, "nos sirven como brújula para todos los que trabajamos en el mundo del libro", pero se interrumpieron por la crisis económica, con lo cual este barómetro recoge el cambio o la evolución lectora de los últimos seis años. En este aspecto hay que decir que se incrementa levemente el número de lectores en España (hasta el 65,8 por ciento), si bien tan sólo un 59,7 por ciento lee por ocio en su tiempo libro, al margen del trabajo o estudios, una cifra que nos sitúa por debajo de los países europeos del entorno, cuya porcentaje de no lectores se acerca al 30 por ciento.
 
 
Curiosamente, y en contra de lo que aún se cree, los jóvenes son los más lectores. A partir de los 25 años se va abandonado paulatinamente la lectura, aunque las mujeres vuelven a recuperar este hábito a partir de los 35 años. Un dato importante en este barómetro, que ya se apuntaba como tendencia, es el incremento continuado de lectura de libros entre la población de mayor edad, tanto jubilados como parados. Todas estas cifras se refieren siempre a lectores adultos (a partir de 14 años), ya que de hecho, la mayoría de los niños menores de 9 años lee (o los leen) de forma habitual. Casi el 80 por ciento de los niños entre 10 y 14 años son lectores de libros en su tiempo libre. Este esperanzador porcentaje se va reduciendo a partir de los 15 años y sufre otro significativo descenso a los 18, edades conflictivas en las que se patentiza un abandono de los libros de ocio.
 

El presidente de la FGEE sintetizó con una frase la realidad de los españoles sobre las bibliotecas: "Las valoramos, pero no entramos en ellas". Y es que, según el estudio, la opinión pública ha mejorado su apreciación hacia las bibliotecas, consideradas una de los servicios más eficaces, a pesar de los recortes económicos y la escasez de novedades de los años de la crisis. Sin embargo, el préstamo de libros ha disminuido desde el 2012. Un dato preocupante para Javier Fernández es que, en este periodo, han decrecido los lectores premium, esos que tenían la costumbre de leer todos los días. El porcentaje es aún muy pequeño, pero puede convertirse en tendencia al contar con muchos más estímulos de ocio.
 
El papel sigue siendo el formato preferido para la lectura de libros, una tendencia que se está consolidando también en otros países con mayor arraigo de los digital. Y de hecho, de los libros leídos en el último año, las tres cuartas partes eran en papel. El resto eran digitales, y aquí se ha invertido la tendencia ya que ahora hay más mujeres que hombres que leen libros digitales. El gran problema que sigue arrastrando la industria del libro es que tan sólo el 20 por ciento de este tipo de libros son de pago. El sector editorial español, que significa el 33 por ciento de la industrial cultural, padeció una tremenda crisis, y un gran descenso de ventas, a partir del 2008, pero se está recuperando paulatinamente y tras tocar fondo, ya lleva tres temporadas en alza.